Cada día trae una escena nueva, aunque parezca la misma: una bicicleta apoyada en la pared, una señora vendiendo higos, un piano que alguien tocó a mediodía.
Un paseo por la costa en silencio. Una conversación bajo una parra vieja. Un baño en agua salada a las 5 de la tarde.
No hay itinerarios, ni horarios. Solo gestos. Detalles. Fragmentos de algo que podría ser una historia.
Son experiencias exclusivas en Mallorca, aunque ni el hotel ni tú lo digan en voz alta.